Múltiples factores han contribuido a aumenta el abismo que separa el mundo de los adultos y el de los jóvenes. La tecnología, los medios de comunicación, etc. La aldea global en la que nos movemos han entremezclado las culturas y han facilitado el intercambio de ideologías y estilos de vida a lo largo y ancho del planeta. ¿Esto es malo? Sí y no. Si porque la cultura contenía principios éticos que ayudan a sus miembros a tomar decisiones de vida concordes con lo que había recibido de sus padres, la desaparecer las distancias, una cultura fuerte, puede fácilmente absorber una débil volviendo pedazos los principios y valores. No, porque la facilidad de las comunicaciones ha puesto en nuestras manos mayor y mejor cantidad de información. Pero la aldea global ha aislado casi por completo a los adultos en su mundo de responsabilidad del “planeta joven” lleno de nuevas aventuras y expectativas. Los padres y los hijos en este mundo globalizado ya no hablan el mismo idioma, no se entienden y el peor de los casos ni se comunican.
Soy enemigo de satanizar los medios de comunicación masiva, esta claro que usados con responsabilidad y madurez son un medio eficaz de comunicación. Si ellos sería más difícil que estuvieras leyendo estas líneas. En los últimos meses el Papa Benedicto XVI ha insistido en la urgente de necesidad de usar estos medios para la evangelización. El problema no está en la cantidad de tiempo que los hijos pasan ante el ordenador o la tele, está en el por qué a nuestros hijos les parece más atrayente hablar durante horas con un amigo en el messanger que relacionarse con los seres de carne y hueso que tiene a su alrededor. En algunos hogares de nuestro entorno ya se ha perdido hasta la capacidad de hablar y de escuchar. Puede ser que los adultos hemos etiquetado las cosas de los jóvenes como vacías y sin sentido, es probable que despreciemos con mucha facilidad las cosas que para ellos son importantes, y ya no hablemos del sentido inverso, los jóvenes ven como anticuado los gustos de los mayores, consecuencia de esto no hay un punto de encuentro. En un curso al que asistí hace ya unos meses en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá me sorprendí ante una realidad expuesta por uno de los conferenciantes; él decía que antes de la revolución de las telecomunicaciones los hijos se parecían a sus padres, el padre trasmitía su oficio al hijo, los gustos, las ideas políticas y religiosas, los valores incluso hasta se vestían igual. Ahora la dinámica va en sentido contrario: el hijo desea romper cualquier vínculo que lo relacione con sus padres hasta el punto que, entre más sea diferente de su padre, mejor se es. El hijo odia, por usar un verbo agresivo, todo lo que tiene que ver con la generación de sus padres: si ellos son religiosos el hijo es ateo, si ellos son de determinado partido político el hijo es del totalmente contrario, si el padre se viste adecuadamente, el hijo hará totalmente lo opuesto. Si analizamos la situación en casa, de pronto descubrirás que tu hijo quiere ser algo que no seas tu. Suena gracioso, pero es lo que está pasando.
El reto de los padres cristianos es tender puentes que comuniquen las orillas generacionales. Renunciar a la pretensión soberbia de saberlo todo y escudados en la experiencia despreciemos como adultos los procesos vitales de los jóvenes. ¿Cómo dialogar con una generación que es totalmente opuesta a la mia? La respuesta es sencilla: conociéndola. Tal vez hemos dado la vida a nuestros hijos, pero es muy probable que ni los conozcamos ahora que han crecido. No sabemos sus gustos, no damos importancia a lo que piensan, incluso ni sabemos quienes son sus amigos. Tampoco es caer en la tontería de convertirse en “amigo” de tus hijos, eso sería dejarlo huerfano: si eres su amigo ya no eres su padre. La mejor modelo a imitar en esta tarea de ser padres hoy es mirar a Dios, Él si sabe ser padre: nos conoce hasta lo más íntimo, no nos desprecia cuando nos equivocamos, nos ama tal como somos, nos corrige porque nos ama, pero sobre todo no tiene miedo a que seamos diferentes a él. El evangelio del padre misericordioso de San Lucas, hace un retrato muy sentido de la forma como Dios es padre: Él conoce a sus hijos, al que es más libertino y al más casero, los ama por igual, nunca los compara ni los pone a competir por su amor; no desprecia al que gasta la hacienda “viviendo como un libertino”, ni ensalza al hijo que se queda en casa, pero deseando hacer otra cosa. Este padre nunca piensa que sus hijos “ya no tiene remedio”, este padre nunca pierde la esperanza que su hijo vuelva a la casa, pero este padre, y creo que es lo más significativo, no estima en gastos para demostrar su amor, cuando ve regresar a su hijo, le llena de ternura con besos y abrazos y le pone una buena túnica y saca el mejor anillo. Estoy seguro que el hijo, al venir de cuidar cerdos y después de una larga caminata no olería a rosas precisamente. Este padre transpira misericordia. Aquí esta la clave de la comunicación intergeneracional, la misericordia hace que eliminemos las barreras que impiden que nos amemos tal como somos. La clave está en mirar a nuestros hijos como Dios nos mira a todos, con un amor sin límites. Hoy mas que nunca deberíamos escuchar a San Pablo cuando dice: “padres no exasperéis a vuestros hijos…”





Muy buenas tardes, soy profesor si se podria decir de catesismo en mi parroquia, y veo muchas veces temas interesantes para compartir,como este, por ejemplo, pero no tienen un click para version imprimible ahora, facilitaria mucho el compratir estos temas con los demas.