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¿Para qué sirve la Teología?

Con frecuencia sucede que hablar sobre cuestiones de fe es un asunto de reglas que habría que cumplir o asimilar para ganar los favores del buen Dios, algo así como lo planteado en la famosa película del abogado del Diablo cuándo este incita a su víctima a no creer, ya que Dios sería un cínico al cuál le gusta solamente mirar el sufrimiento humano; “mira pero no toques, toca pero no pruebes, prueba pero no tragues, adorar esa cosa nunca”. Es decir, tener fe equivale a entrar en la dimensión de la tortura que implican los sacrificios donde cuenta solamente el esfuerzo humano, me salvo porque he pagado muchas misas, me salvo porque hice tantos ayunos, me salvo porque hice muchos rosarios, me salvo porque la fe en efecto consiste en hacer muchas cosas para ganarme un lugar en el cielo cuando me muera porque Dios en definitiva para muchos en este mundo está lejos y pretende complicarme la vida con sus normas.En muchos casos parece que el estatuto teológico se ha desaprovechado e incluso tirado por la borda en cuanto que para muchos incluso clérigos habría que privatizar la fe a nuestro antojo para hacer lo que a la gente le gusta y así todo sería mucho más comodo porque definitivamente la teología no sirve para nada, es misión exclusiva de doctores academicistas que traban disertaciones complicadas y sin sentido; de tal manera, que lo mejor es no pensar y dirigir todo al ámbito fantástico de la emoción hormonal porque la teología va en contra de la fe.

Es impresionante y no de otro modo, como nuestro actual Papa Benedicto XVI ha sido capaz de poner al alcance de la humanidad el depósito de la fe a través de la teología, porque como dijo el Concilio Vaticano II en la constitución (Dei Verbum No 10): ”la Tradición y la Escritura constituyen, pues, un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia(…)  pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo, este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solomente lo que le ha sido confidado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de éste único depósito de la fe saca la que propone como verdad revelada por Dios para que sea creída”. También lo afirma la constitución Lumen Gentium del mismo Concilio en el Nº 25 que entre los oficios principales sobresale la  predicación del Evangelio(…)  ”son los maestros auténticos, es decir, dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de creerse y ha de aplicarse a la vida”.

Si tan sólo la dimensión de la fe fuese comprendida en la gratuidad del amor de Dios que salva que reconstruye la vida del hombre sufriente, si escucharamos el lenguaje que transmite la litúrgia Eucarística cuándo nos dice que “Tú Señor no dejas de llamarnos a una vida plenamente feliz” (Plegaria II Sobre la Reconciliación). Si reconocieramos empezando por los clérigos, que la Teología si sirve y que no es una carga sin sentido, si al menos leyeramos al Papa cuando de manera clara y contundente habla de la fe en cuánto  esperanza para poder vivir mejor, basta el título sugestivo y con sentido de una de sus primeras Encíclicas Spe Salvi que significa que en esperanza hemos sido salvados, es decir que la fe no es un tormento al que me someto para ganarme los favores de un Dios que mira desde lejos, sino una ocasión para tener un bálsmo que apunta a curar las carencias del corazón humano que en gran medida esta alienado en sus proyectos idolátricos y necesita ver en su vida personal que el encuentro con Jesucristo como dijo el Papa Benedicto en su primera Jornada Mundial de la juventud y hace poco en la Catedral de Sulmona: “Dios no os quita nada, sino que os da el ciento por uno y hace eterna vuestra vida, porque Dios es Amor infinito: el único que sacia nuestro corazón”  (cf. Encuentro de Benedicto XVI con los jóvenes en la catedral de Sulmona: L´ Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 de julio de 2010, p. 10.)

La Teología que está al servicio de la fe y cuándo está enraizada en la escucha atenta de la palabra de Dios es un don maravilloso, esta no puede ser la enemiga de los ministros ordenados, ni podemos excusarnos en la pereza mental para atacarla, “lo principal en este mundo dijo también este gran Papa: “aprender a usar bien la inteligencia y la sabiduría que Dios nos ha dado” .

El magisterio que tiene como misión la delicada labor de enseñar y salvaguardar el depósito de la fe, tiene un reto muy grande para dar respuestas con un lenguaje claro al mundo de hoy sobre las verdades que salvan, es decir, abrir las puerta de la eternidad y el cielo, o mejor dicho, indicar el camino de la plenitud y la verdadera felicidad en este planeta tierra a la luz de la fe; frente  a los interrogantes que  tiene el hombre de nuestro tiempo. ¿Para qué creer en Dios?  ¿Para qué ir a la Iglesia?  ¿Cuál es el sentido del dolor y el sufrimiento?  ¿Qué me espera después de la muerte?
La Iglesia necesita saber comunicar las gracias abundantes de la fe y para esto necesita hacer uso de una verdadera teología, no de una simple especulación académica sin mas porque eso tampoco es teología; sino a través de un testimonio coherente, creible, que sepa explicar el misterio revelado por Dios para salvar a los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte, para llevar al hombre agobiado por el olvido de lo sagrado, hundido en falsas ambiciones que es posible ser feliz con Jesucristo, que el verdadero milagro reside en la vida moral del hombre, más aún, que el don de la fe puede reconstruir la apoplejia mental de pretender ganar favores a punta de sacrificios, cumplimiento y esfuerzos tormentosos que nada tienen de cristianos, para llevarnos a la vía de la gratuidad de la vida Divina. Que la vida enraizada en la palabra de Dios tiene como consecuencia el encuentro con la belleza de vivir sobre la faz de la tierra y esa ha sido la teología que han descubierto los santos en su sencillez, el reconocimiento del   misterio que da sentido a sus vidas. En todo caso que viva la teología que se pone del lado de la fe.

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Juan Andrés Vargas Molina

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