No se podía escoger mejor fecha para inaugurar el año sacerdotal convocado por Benedicto XVI; por un lado la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y por otro el 150 aniversario del ”dies natalis“ de San Juan María Vianey, más conocido como el Santo Cura de Ars. Sobra resaltar el papel e importancia de los presbíteros para la vida y misión de la Iglesia, lo que hay que advertir es que ser sacerdote hoy, en medio de un mundo secularizado se convierte en una tarea casi heroica.
Desafortunadamente a lo largo y ancho del mundo algunos sacerdotes han protagonizado sonados escándalos que han puesto en tela de juicio la disciplina eclesiástica del celibato sacerdotal. El más conocido caso, el de Alberto Cuité, un sacerdote de la Arquidiócesis de Miami, en Estados Unidos quien fue fotografiado en una playa en compañía de una dama y en actitudes muy cariñosas, poniendo en evidencia su escaso aprecio por el celibato. En declaraciones algo confusas Cuité ya había cuestionado la condición del celibato del clero con argumento muy emotivo: los sacerdotes son seres humanos con necesidad de amar y ser amados. Esto es una obviedad. Todos los seres humanos tenemos inscritos en el corazón nuestra tendencia al amor, nos realizamos en el amor, vivimos para el amor. Pero es que no solamente existen el amor esponsal, al que se refiere Cuité, también existen otros amores, no menos sublimes que ofrecen plenitud al corazón de un hombre y más, al de un sacerdote.
Como es obvio el llamado ”padre Alberto“ no tuvo inconveniente en abandonar la Iglesia Católica para inscribirse en otra comunidad eclesial que le permita contraer nupcias sin tener que abandonar el ministerio ordenado. No se sabe cual de los dos errores es peor, faltar a su promesa de celibato o abandonar la comunión eclesial para buscar mejores refugios. Recordemos lo que dijo Benedicto XVI en el marco de la clausura de la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, en aquella ocasión el Papa advertía del peligro de elaborar un cristianismo ”a la carta“ en donde se agregan o suprimen aquellas cosas que son convenientes o que apetecen. El cristianismo es una propuesta de vida integral que pide disponer la propia voluntad a la de Dios. Es por ello que no es legítimo quitar del menú el celibato sacerdotal solo porque nuestra debilidad nos lo reclama. Todo esto no es una condena a las conductas de Alberto Cuité, siempre lo estaremos esperando con la alegría que una madre espera a su hijo, es sólo un llamado de atención para que no demos crédito a sofismas de distracción, que bajo apariencia de bondad en realidad esconden los propios intereses.
Pero no todo son malas noticias. Gracias a Dios a lo largo y ancho del mundo, muchos presbíteros anónimos entregan su vida como buenos pastores del rebaño encomendado a su cuidado. Silenciosos, anónimos, algunos hasta perseguidos y asesinados. Personas que son para su comunidad ”otros Cristos“ que, en medio de las dificultades de los tiempos, saben renunciar a su propia naturaleza para entregarse con cuerpo y alma al ejercicio de su ministerio a favor de toda la Iglesia. Nuestro reconocimiento y gratitud a tantos presbíteros que nos han servido, entregándonos los sacramentos, siendo luz y guía en la oscuridad de la fe y presentándose como el reflejo amoroso del rostro del Padre. Toda una vida de entrega amorosa se verá recompensada, ya que Dios sabe pagar el salario merecido a sus viñadores. Por último recordemos aquellas palabras que el demonio le decía al Cura de Ars: ”si existieran dos sacerdotes como tu, yo estaría perdido“.



