“… ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Es inevitable que existan, pero ¡ay de aquel que los causa!” (Mt 18,7). De alguna manera los medios y la sociedad en general sienten una extraña atracción por los escándalos, se convierten en titulares y en el centro de atracción de las tertulias de café. Algunos de ellos son verdad, pero la gran mayoría vienen ya aumentados en sus verdaderas dimensiones. También es verdad que los escándalos están sujetos a la ley de causa – efecto, los escándalos no son gratuitos y lo más lamentable, es que el Evangelista nos advierte que son “inevitables”, lo único que se puede modificar es nuestra actitud frente a ellos, siendo la más común ajusticiar a los protagonistas.
Entre los escándalos, los sexuales son los más sonados produciendo los efectos ya mencionados y si los protagonistas son curas la cosa adquiere un matiz más brillante. No es nuestra intención justificar los comportamientos erráticos del clero, ellos producen “rechazo y condena“, lo que hay que intentar, es generar un sentimiento cristiano frente a los escándalos y sobre todo los del clero. La sensación en la sociedad es que las autoridades eclesiásticas encumbren a los culpables de delitos sexuales contra menores dejando tales conductas en la impunidad. Se entiende que la gente del común no comprenda que el fin del derecho penal en la Iglesia (existe realmente) es la “salvación de las almas”, eso no quiere decir que tales delitos deban caer en el olvido. Son innumerables los casos que han sido investigados y condenados muchos presbíteros y no pocos han terminado tras la rejas, sólo que no es usual que se publiquen tales condenas, respetando la privacidad de los implicados.
La pregunta obligada es ¿cómo juzga la Iglesia a los que cometen delitos de este tipo? Existe en todas las diócesis del mundo tribunales eclesiásticos encargados de la administración de justicia en nombre del obispo. La causas penales son conocidas por un grupo de jueces que se encargan de la investigación, la valoración de la pruebas y la sentencia. En materia penal las condenas pueden ir desde la excomunión hasta la remisión de la causa a la justicia civil. En el caso de los clerigos, la condena puede consistir desde la suspención “a divinis”, la pérdida del oficio eclesiástico, hasta la pérdida del estado clerical. En caso que el tribunal eclesiástico no tenga competencia para conocer de la causa remite al los tribunales ordinarios. No pocos clericos han pagado con cárcel y con sus bienes los abusos cometidos
Pocos casos de los ya mencionados han salido a la opinión pública, por eso puede dar la sensación que los delincuentes quedan sin su respectivo castigo. El Papa y los obispos no son laxos con clérigos que cometen tales conductas, las condenas son aplicadas a los que son declarados culpables.
A la raíz de todos estos males esta la soledad de los presbíteros, no tienen una comunidad cristiana que los acompañe y los defienda de los ataques constantes de la propia debilidad. Ellos necesitan ser alimentados en la fe a través de la Palabra y de los Sacramentos, el peligro que corren es que se conviertan en aquellos cocineros que preparan y sirven magníficos manjares pero ellos no los prueban. La anorexia espiritual puede matar en pocos meses el ministerio de un hombre que debe ser el mejor “alimentado” en la Iglesia. El adagio popular reza que hay dos cosas imposibles “predicar a curas y confesar a monjas”. Puede suceder que al administrar los misterio sagrados se consideren tan poco necesitados que no tomen para si lo que se celebra entre sus manos.
La reflexión final también va en busca de los fieles laicos. ¿Qué hacemos nosotros para ayudar y defender a los presbíteros? ¿Somo consumidores de sus servicios y nos importa poco lo que pase con ellos? La comunidad cristiana debe rodear a sus ministros con la conciencia cierta que son hombres débiles y necesitados igual que cualquier persona en la Iglesia, o nos limitados a criticar y condenar cuando escuchamos en las noticias de escándalos. ¿Cuánta culpa tenemos los laicos por no actuar como miembros de un mismo cuerpo? No pretendemos disminuir la responsabilidad personal que le cabe a cada uno ante sus actos, pero si hay que llamar la atención sobre las palabras de San Pablo refiriéndose a la Iglesia como Cuerpo de Cristo “cuando un miembro esta enfermo, todos sufren con el…”


La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.
