La semana pasada Benedicto XVI acudió a Asís a reunirse con representantes de las religiones del mundo para orar por la paz, celebrando con ello aquel presidido por el Beato Juan Pablo II en la misma ciudad hace 20 años. Como resulta lógico, el panorama del mundo ha cambiado y la guerra se ha puesto nuevas caras, pero siempre con el mismo resultado: odio, venganza, tristeza, muerte. El Papa recordó cómo los regímenes totalitarios han ido cayendo poco a poco, dando paso a nuevas y aterradoras formas de violencia y destrucción.
Algunos pueden pensar que la paz es un asunto de política o tratados internacionales, o en algunos casos, asuntos internos de algún país. Puede que creamos que no nos concierne ni toca nuestra vida cotidiana: la paz es asunto del gobierno y de los violentos, como ETA en España o las FARC en Colombia, por mencionar algunos. Puede que en tu casa, en tu trabajo, en tu interior, en tu grupo de amigos necesites hacer tratados de paz. ¿Cómo puede ser esto? Estamos seguros que ya estás pensado “pero si no he matado a nadie, ni he participado en bandas criminales, no tengo armas en casa…”. En realidad no se necesita todo una arsenal para hacer la guerra. Basta con el desprecio o, no vayamos tan lejos, basta con indeferencia para empezar una verdadera batalla. Lee el resto del artículo








La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.

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