(CAMINAYVEN.COM) – Los que hemos tenido la fortuna de nacer y crecer en el seno de una familia sabemos con conocimiento de causa que dicha institución juega un papel muy importante en la formación de la propia personalidad. Podríamos decir que nos hemos forjado como personas en la interacción con los miembros del círculo familiar. Es posible que no se entienda en medio de este mundo de ”objetos“ el término ”persona“ y pase inadvertido. En sus tiempos de arzobispo de Cracovia, Carlo Wojtyla escribía en su libro Amor y Responsabilidad: ”la persona, por el hecho de ser un individuo de naturaleza racional, hace parte de la naturaleza y al mismo tiempo en el mundo de los seres es un sujeto único en su género, totalmente distinto de aquellos que son, por ejemplo, los animales
“ (Amore e responsabilitá).
Un persona no es un objeto, la diferencia es clara, por eso resulta peligrosos aquellos ordenamientos jurídicos que objetivizan al ser humano hasta tal punto que se pierde de vista el carácter racional de nuestra naturaleza. Somos individuos de carácter racional. Es decir que para actuar ponemos en juego factores inseparables: inteligencia y voluntad. Si a persona se define de tal manera, resulta de todo insustituible el aporte de la familia para la formación de los individuos de carácter racional.
La Iglesia tiene el gravísimo deber de promover todas aquellas iniciativas que ayuden a proteger a la familia como fundamento estable de la sociedad. No se puede impedir por ningún motivo, que la familia cumpla su función fundamental. Las civilizaciones que en el pasado han dejado indefensa dicha institución han sucumbido bajo su propio peso. Desconocer la historia condenarse a repetirla. Basta con pensar en el imperio romano, repasar la historia ayudaría a muchos legisladores a no repetir los mismos errores.
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