A las 10 de la mañana dio comienzo la celebración de la Santa Misa en el Santuario de Fátima en el día de la Festividad de la Virgen de Fátima, celebrándose este año el décimo aniversario de la beatificación de Jacinta y Francisco, el quinto aniversario de la muerte de Lucía y el 100 aniversario del nacimiento de Jacinta. Saliendo la Virgen de Fátima en procesión por la explanada del Santuario.
Las lecturas de la Santa Misa fueron traducidas al francés, ingles, italiano y polaco entre otros idiomas.
Miles de peregrinos de distintos lugares del mundo, pero en su mayoría portugueses y españoles abarrotaban la explanada del Santuario de Nuestra Señora de Fátima.
El saludo del Obispo de Leira-Fatima, Monseñor Antonio Augusto dos Santos Marto precedió a la homilía del Papa.
El Santo Padre en su homilía volvió a repetir que venía a Fatima como un peregrino a la casa que María escogió para hablarnos en estos tiempos modernos y para rezar con ella y con tantos peregrinos por la humanidad apesumbrada con tantos sufrimientos. Sufrimiento que redime al mundo a traves de la Cruz, ese es el sentido salvifico del sufrimiento.”Ofreced todas las penas y contrariedades como redención para el mundo entero. Así sereis redentores como hijos junto a la Cruz está María nuestra Madre”.
A los asistentes de lengua española se dirigió diciendo: “Queridos peregrinos que habéis acudido con entusiasmo a este encuentro ante la Virgen de Fátima para compartir con tantos otros devotos vuestra confianza y fervor a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María. Que ella os lleve con ternura y mano segura hacia Cristo, su Hijo y sea así fuente de gozosa esperanza y de firmeza en la fe”
Finalmente el Papa dio la Bendición Apostólica a todos los peregrinos y se dirigió a visitar la tumba de los pastorcillos, en el interior de la Basílica del Santuario de Fátima.



La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.
