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El muro

No hay muro que pueda contener la libertad humana, ella es como un rio caudaloso que siempre se abrirá paso. Berlín se vistió de gala para celebrar los veinte años de la caída de aquel fatídico muro que dividía dos posturas opuestas ubicadas entre oriente y occidente. Con el aquel acontecimiento quedó demostrado que la ideologías solo producen separación, odio y dolor. La fecha que celebramos en estos días nos habla a todos de libertad, que es don valioso de Dios a los hombres. El creador nos ha diseñado libres y puso en nuestras manos una herramienta impredecible: poder de decisión.

Qué fácil sería para Dios habernos creado como los ángeles cuya voluntad solo tiende al bien, no tendría Dios los problemas que tiene tratando de convencernos sobre la bondad de asemejarnos a él, pero que aburrido sería para la humanidad tener sólo un camino que recorrer. El totalitarismo de los regímenes ideológicos se opone a cualquier tipo de diversidad con el falso pretexto de brindar la única posible salida. Dios piensa de manera diferente. Él no absorbe nuestra razón con el aviso ”prohibido pensar“, sino que acepta la posibilidad que tomemos diversos caminos.
Ya lo decía el Deuteronomio: ”pongo delante de ti dos caminos…escoge el bien para que vivas tú y tus hijos“. Dios no ha querido poner un muro delante del camino equivocado, sólo ha sugerido uno para que escojamos, podemos tomar  el que queramos. Él sabe que la verdadera realización del hombre radica en el hecho de decidir su propio destino, en tener en sus propias manos su vida. Y muchos se preguntarán ¿acaso el Decálogo no es una limitación de la actuación? Benedicto XVI, en el discurso a los participantes en el Congreso organizado por el Pontificio Consejo para la Interpretación de textos legislativos para celebrar los veinticinco años de la promulgación del Código de Derecho canónico en el año 2007 nos brinda una vía interesante de solución; parafraseando al  Papa se podría decir que la Ley en la Iglesia (refiriéndose al derecho canónico), es una ley de libertad, para seguir libremente a Cristo. La ley no es más que uno de los caminos que Dios nos propone para ser felices, Los mandamientos no son más que una ley de libertad, un camino abierto al que lo quiera para que encuentre su total realización antropológica.
Los muros que edifican algunos no son más que patéticos monumentos a los propios miedos. Miedo a la muerte que los circunda, miedo al otro que los amenaza, miedo a la libertad. Los muros que hoy existen, el que separa a México de Estado Unidos, el muro de la vergüenza que separa a Israel de Palestina y otros que no se nombran mucho solo podrán detener por un tiempo el ímpetu de la libertad, pero todos ellos están condenados a caer. San Pablo nos ofrece un bello texto que señala el centro de la cuestión: ”Cristo, en su cuerpo, ha derribado el muro que nos separaba, es decir, el odio“. No hay muro que aguante la fuerza del misterio de Cristo crucificado, que rompe nuestro miedo a muerte y nos ayuda a pasar al otro. El odio nos encierra en la soledad de la propia existencia,  la cruz de Cristo nos libera de la cárcel en la que nos encierra en el egoísmo de los propios intereses y nos da libertad de amar sin fronteras ni obstáculos. La verdadera libertad del hombre está en amar sin miedos ni prejuicios, como Cristo nos ha amado.
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Sobre el autor

Orlando Díaz Márquez

Es un laico colombiano, licenciado en Derecho Canónico por el Instituto de Estudios Canónicos de Valencia (España). Colabora con Caminayven desde el año 2006.

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