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El sentido de la vida

Vivimos ajetreados. Queremos hacer muchas cosas y no tenemos tiempo para nada. Giramos en círculo y no avanzamos. Y es que no hay horizonte. Muchos ignoran el sentido de la vida. Ignoran el porqué y para qué de la vida. Sin embargo todo ser racional debería preguntarse; ¿Qué hago en la vida? ¿A dónde voy? ¿Qué hay después de esta vida?
Sólo quien tenga una respuesta clara puede vivir con optimismo. Esa idea clara, segura, optimista, sólo la proporciona la fe.
Toda persona con sentido común tiene que darle un sentido a su vida. Hay que saber por qué y para qué vivo. Mi vida me la hago yo con mis actos. Si no tengo una finalidad es como amontonar ladrillos sin saber lo que se quiere construir. No es lo mismo realizar un trabajo absurdo que trabajar para algo que merece la pena.
No tener una meta en la vida es como subirse a un tren sin saber a dónde me lleva. Tener un ideal en la vida nos da esperanza, alegría y optimismo.
Muchos ponen su ideal en el dinero y en disfrutar. Pero antes o después reconocen su desilusión, porque la componente espiritual del hombre no se satisface con cosas materiales. Lo único que llena al hombre es Dios y el servicio del prójimo. Y estas dos cosas las ofrece la religión. Por eso el creyente que vive su fe es la persona más feliz de la tierra.

Tenemos alma inmortal. Nos guste o no nos guste. Esto es una verdad indudable.  Y además, dogma de fe. Y el que no lo crea, se va a enterar, porque se va a morir.
Negar que tenemos alma es como el que niega que tiene hígado porque no lo ve o no lo siente. Somos como somos, independientemente de cómo quisiéramos ser.
Dentro de mil millones de años estaremos todavía vivos: felices en el cielo, o sufriendo en el infierno; pero vivos.
Y vivos para siempre.
Y para siempre felices, o para siempre sufriendo.
Y esta felicidad o este tormento, depende de los años de vida en este mundo.
Por otra parte, ante la afirmación de Cristo-Dios, de que el hombre sigue vivo más allá de la muerte, es lógico y prudente tener esto en cuenta.
Si voy por la carretera y me encuentro un letrero que dice «Carretera cortada después de la curva: puente hundido», lo lógico es frenar. Tomar esa curva a toda velocidad es suicida.
Quien vive en esta vida sin preocuparse de la otra es un loco. Lo lógico, lo racional, lo inteligente, es vivir aquí pensando en lo que ciertamente ha de venir después de la muerte.
Nos preocupamos mucho de nuestro futuro inmediato: seguro de accidentes, de enfermedad, de vejez. Y nos olvidamos de nuestro futuro definitivo: la vida eterna. La póliza de este seguro son las buenas obras.
Nos preocupamos de mantener la salud, la  buena presencia física, el capital, etc.
Por conservar o mejorar todo esto hacemos esfuerzos, sacrificios y gastamos dinero. ¿Y abandonamos la salvación del alma? 
Si la perdemos, lo hemos perdido todo y para siempre. Si la salvamos, nos hemos salvado para siempre.
La preocupación por nuestra salvación nos impedirá vivir en pecado mortal, pues una muerte repentina nos llevaría a una condenación eterna. Son frecuentísimas las muertes repentinas: accidentes, enfermedades inesperadas y fulminantes, etc.
¿Quién dormiría tranquilo con una víbora en su cama? Muchos habrá en el infierno que dejaron su conversión para después, y ese después no llegó nunca porque ellos murieron antes.
Jesucristo nos lo avisa repetidas veces en el Evangelio: «No sabéis el día ni la hora»
 
Y nos lo jugamos todo a una sola carta, pues sólo se muere una vez. No hay segunda oportunidad. Y todo a cara y cruz.
No hay término medio entre salvarse y condenarse. O cielo o infierno. Y esto para toda la eternidad. El equivocado en el momento de morir, jamás podrá rectificar su yerro.
Una persona consecuente aprovecha esta vida para hacer todo el bien posible. En la hora de la muerte nos arrepentiremos no sólo del mal que hayamos hecho, sino también del bien que pudimos hacer y tontamente no hicimos.
No debemos hacer las cosas porque nos gustan, sino porque nos conviene para el bien del alma y del cuerpo;  y  para  bien  de  los  demás.  Cada día deberíamos hacer una buena acción. Y cada día hacer también una cosa que no me apetece, sobre todo si es en bien del prójimo. Si alguien estuviera cierto que pronto sería trasladado a otro lugar para el resto de sus días, ¿no sería lógico que trasladase allí todos los bienes que pudiera? Por lo mismo el cristiano procura atesorar para el cielo
Extracto del libro del P. Jorge Loring s.j., “PARA SALVARTE”

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