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El Siervo de Dios. Juan Pablo II

(CAMINAYVEN).- Cuando Dios quiera, veremos a nuestro amado Juan Pablo II el Grande en los altares y muy probablemente se escogerá el 2 de abril, su ”dies natalis“ (día de nacimiento) para celebrar en el calendario litúrgico su memoria. Porque lo que conmemoramos no es el día de su muerte, sino su nacimiento a la vida eterna. Aún están en nuestra memoria todo lo sucedido en aquellos días hace ya tres años. El mundo entero pudo sentir lo que este humilde polaco inspiraba. No había en él cosas extraordinarias, alguien golpeado por el sufrimiento, la orfandad, el trabajo duro, la opresión y la persecución política, la soledad, podría decirse que Dios lo formó a sangre y fuego en la escuela del humanismo. Todos los grandes males de la segunda guerra mundial pasaron por Polonia y dejaron una huella imborrable en su alma.
El personalismos de Juan Pablo II se puede palpar en su ministerio. Fue un hombre entregado a la promoción y la defensa de la persona humana. Así era como él veía cada ser humano, no como un número, ni como otro más del montón, sino como una persona, querida por Dios y digna del más absoluto respeto. Su vida, su ministerio y su muerte nos ayudaron a todos a ver que es posible ser dócil a la voluntad de Dios. Cuando el cristiano entrega su disponibilidad al servicio de la evangelización, Dios lo trasforma en un instrumento adecuado para sus planes, que son designios de amor. Basta sólo estar dispuestos. Es obvio que todos tendemos a mirar nuestras propias limitaciones, pero ”Dios sabe trabajar con instrumentos insuficientes“. Karol Woitilla nos dio testimonio de la docilidad a Dios, hasta el momento final del ministerio Petrino: ”dejadme ir a la casa del Padre“. Por todo esto no nos extrañó que en sus funerales el grito de la multitud resonara con fuerza SANTO SUBITO.
La Iglesia, depositaria del tesoro inestimable de la gracia de Dios, está llamada a hacer brillar e el mundo la felicidad de la santidad de sus hijos. ¿Quién no ha sentido en estos años la presencia amorosa y protectora de Juan Pablo II? El evangelio nos ofrece unas palabras que animan a todo católico a emprender la propia  misión: ”brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre del cielo“. Nuestro querido Santo Padre supo ser una buena antorcha encendida en medio de la oscuridad del mundo hasta consumir toda su vida como aquella lámpara que, sin esperar recompensa ninguna brilla, prestando un servicio discreto pero indispensable. Que el ejemplo de este humilde hombre que Dios puso al frente de sus ovejas nos anime a encender la luz de su amor en nuestro corazón y alimentar esa llama con la gracia del Espíritu Santo.

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