(CAMINAYVEN.COM) – Este el testimonio de la vida de Marta Obregón Rodríguez que murió a los 22 años, en 1992, tras ser asesinada.
Breve Biografía de Marta Obregón escrita por Saturnino López Santidrián:
Nace en La Coruña el 1 de marzo de 1969, en el seno de una familia cristiana. Será la segunda de cuatro hermanas. Su padre, teniente de Intendencia en ese momento, estaba destinado en Sidi-Ifni. Tras un año destinado en Barcelona, con motivo del ascenso a capitán, toda la familia se establece definitivamente en Burgos en diciembre de 1970
Primera etapa escolar
Cuando Marta contaba con cuatro años entra en el Colegio de Jesús María. Cursó los primeros años con notables y sobresalientes. Con ocho años recibió la Primera Comunión, el 19 de junio de 1977, en la parroquia castrense de Burgos, “La Inmaculada”. Gozaba de gran vitalidad. Su padre más de una vez le decía: “Marta, Marta, te agitas por muchas cosas ”.
Durante la primera etapa escolar desarrolló algunas aficiones deportivas, como el patinaje sobre ruedas, el atletismo, la natación, sobresaliendo fundamentalmente en tenis, ganando algunos trofeos. Recibe el sacramento de la Confirmación, con otras compañeras del colegio, en la actual parroquia de San José.
Con su hermana Ana Pilar, dos años mayor, comienza a acudir asiduamente al Club Arlanza de Burgos, en donde participan de actividades recreativas y formativas y donde un sacerdote del Opus Dei lleva la dirección espiritual. En el Club aprende a tocar la guitarra, con la que en adelante acompañará sus canciones, para disfrute de los oyentes, pues Marta tenía una voz de prodigioso registro.
Período de formación secundaria
Pocos días antes de acabar su primera etapa escolar plantea a sus padres su intención de abandonar el colegio para incorporarse a un Instituto donde iniciar el BUP (Bachillerato Unificado Polivalente). Argumentando, con sus catorce años, lo dura que le podría resultar la estancia en una universidad, lejos de su familia y en un ambiente radicalmente diferente al de un colegio religioso, pues, en aquellos años no existía en ningún centro privado la coeducación. Les convence, no sin mediar sus discusiones.
En el curso 1983-84 se incorpora al Instituto “Comuneros de Castilla”, donde cursará los tres años de BUP y el año de COU (Curso de Orientación Universitaria). Marta busca abrirse al resto de los compañeros, en su mayoría de clase humilde. Al igual que en su etapa de colegio obtiene buenas calificaciones. Compaginando los estudios, a partir de 2º de BUP, asiste a las clases de la Escuela Oficial de Idiomas de Burgos.
De la independencia a la crisis
Según su madre, Marta era impulsiva y espontánea, muy cariñosa y atenta. Su amiga Stella afirma que era muy noble, llena de ilusiones y dispuesta a ayudar y animar a todos.
A los 17 años ambas dejaron el Club Arlanza. Marta quería probar lo nuevo, pues, se sentía casi atosigada por los continuos consejos y miedos de su madre, María del Pilar, a la que una vez respondió “no te preocupes tanto, déjame que tropiece, que ya me levantaré ”. Quería aprender la vida por su cuenta. También creía que el Centro de la Obra la exigía ser como no era , en una actitud muy preventiva.
La mayor confidente de su última etapa manifiesta: “En su juventud dejó de participar en esas actividades [del Club Arlanza] y se alejó bastante de la práctica religiosa, aunque mantuvo una gran inquietud que la llevó a buscar a Dios de una forma distinta a la de la niñez Durante un tiempo de su vida, según ella me contó, frecuentó lugares de diversión, salió con chicos Con el primero, tuvo una relación algo indebida en una ocasión, de la que se arrepintió enormemente y le llevó a cambiar decididamente”.
¿A qué se refiere esto? En el curso de COU. parece que ya no estudió con tanta regularidad como en sus tiempos del Club Arlanza, de suerte que en Junio de 1987, al no dar el nivel acostumbrado en Química, el profesor la dejo para Septiembre.
Ella, por sus aptitudes, quería estudiar la rama de periodismo de Imagen y Sonido, pero en esas fechas ya no había plaza en la Universidad Complutense. Tomó la decisión de esperar un año y su padre la colocó como administrativa en el Hospital Militar, al que bajaba en bicicleta.
Adentrado el invierno de 1988 comienza, durante tres o cuatro meses, la relación con su primer muchacho, cuya hermana también conocía, y que hace ya años marcharon de Burgos. Un joven agradable y de buena presencia, pero bajo de ánimos de cara al curso, por estarse reponiendo de un fuerte enfriamiento. Ante este joven de tercero de veterinaria experimentó la debilidad ante la pasión, hasta que, en una ocasión, llegó el peligro en el mismo rellano del portal en el que en otra tarde ofrecerá su vida antes que ofender a Dios y consentir degradar su dignidad. Con aquel suceso aquella primera relación se cortó.
Aquel año concluyó el difícil cuarto curso de inglés en la Escuela de Idiomas y, en el verano de 1988, se fue a una localidad costera de Inglaterra, consiguiendo hablar dicha lengua con fluidez.
Los dos primeros cursos en Madrid y el encuentro de Taizé
En octubre va a la Universidad. El percance le supuso reflexión, pero quería hacer su carrera en libertad y llegar a ser una periodista famosa.
Durante su estancia en Madrid vive en la Residencia Tagaste, que regentan las MM. Agustinas Misioneras. Se rodea de un grupo de amigas, que saben apreciar su franqueza, jovialidad y fuerte personalidad. En la Capital de España se adapta y saca los estudios con facilidad y durante los dos primeros cursos procura no señalarse, aunque su fe no estaba dormida.
En las vacaciones de verano del segundo año de carrera (1990), se entera en su parroquia de San Martín de Porres, a la que va los domingos a Misa, que un grupo neocatecumenal tiene programado un viaje a Taizé. Sin pensarlo dos veces pide permiso a sus padres y, guitarra a cuestas, participa en el encuentro de jóvenes de distintos países. De allí volvió ilusionada, dice su amiga Stella, al disfrutar de la compañía de tantos jóvenes alegres y de nobles ideales.
Al decir de su madre, María del Pilar, Marta descubrió nuevos aspectos y regresó de allí tocada irremisiblemente por el Señor. A la vida normal de piedad que vivía nuestra hija, se añadía probablemente entonces un algo singular. El Señor —pensamos— se empezó a interesar por Marta María. En Taizé tuvo lugar, sin duda, (años más tarde lo supimos), una prodigiosa reconversión de nuestra hija. En efecto, ese toque de la gracia su madre lo conoció por una carta que Marta escribió desde Francia el 13 de agosto de 1990 a una buena amiga segoviana de la residencia de Tagaste.
Entre otras cosas dice:
“Me encuentro en Taizé, en la frontera franco-suiza, en una especie de “campamento” maravilloso, constituido por unas 6.000 personas, pero son gente cargada de ganas de vivir, que tiene como punto de unión a nuestro Dios, y que venimos a pasar una semana, de domingo a domingo
Es curioso, pero cuando descubres algo importante en tu vida, y caes en la cuenta de cosas fundamentales que hasta entonces pasaron inadvertidas a tu lado, te encuentras francamente bien, en paz, y bueno, creo que sabes lo que te cuento. Todo ser humano, que se plantee el sentido de la vida y cosas alrededor de éste, pasa por esta etapa de la que te hablo.
Sé que tú estás en camino, igual que yo y que la mayoría, y creo en ti, por otra parte. Así que, sólo pensando, analizando con tranquilidad, descubrirás cosas maravillosas que nunca pensaste existieran.
La vida es genial, Cris, y te escribo porque sé que tú piensas igual. Después de la tormenta, siempre viene la calma”.
La dura prueba a su espíritu impulsivo
Lo cierto es que a Marta, después de lo experimentado en Taizé, quiso hacer una confesión en profundidad, porque ella aún se sentía como “sucia” y defraudada consigo misma por lo sucedido hacía más de dos años.
Regresada a Burgos desde Taizé, se dirigió a una parroquia cercana, y sin que sepamos por qué motivo, el confesor no la absolvió. ¿Estaba demasiado centrada en sí misma? ¿Hubo algún desacuerdo de matices y ella lo discutió, creyendo el sacerdote no haber actitud de acatamiento?
Nada sabemos de ello, lo cierto es que le va a producir un durísimo conflicto de conciencia, pues lo que más deseaba después de la experiencia de Taizé era la paz. En su carácter sufría tremendamente, dice su madre, cuando no hallaba correspondencia a la sinceridad y al afecto.
Llega a la impresión de que Dios le da la espalda y la deja en la cuneta.
Por eso dirá, llorando, como veremos, a dos amigas que ya no quería saber nada con Él. Mas no tenía conversación con ellas en que no sacase el tema religioso, una y otra vez, como en un grito de ayuda.
El descubrimiento de la misericordia divina
Poco después, los últimos días de agosto o primeros de septiembre de 1990, fue cuando, jugando al ping-pong con sus amigas gemelas Stella y Sonia en el chalet de San Medel, Marta no podía más y les contó su situación, protestando “que no quería saber nada más de Dios”, deshecha en lágrimas.
Sonia, que murió en 1998, le decía: “hayas hecho lo que hayas hecho, Dios te quiere”, “Dios, como Padre, te sigue queriendo como tú eres”. Pero no encontraban consuelo para ella. Sonia, le ofrece su propia experiencia con sus buenos padres y, Dios, le decía, es aun mejor que nuestros padres. Pues, siendo sus progenitores profundamente católicos, jamás fue juzgada o despreciada, cuando se había ido en un tiempo de rebeldía juvenil con los “evangélicos”.
Marta subía frecuentemente con sus amigas a aquella casa de campo y, unos días después, la familia tenía visita de un sacerdote del Camino Neocatecumenal, y las hermanas la invitaron también a ella. A media tarde, el sacerdote D. Ángel Bello se despide para que pudieran recoger, y dice a Marta que, si quiere, él la puede bajar a Burgos en su coche. Don Ángel, conforme a la apreciación de un párroco, es hombre abierto e inteligente, con una buena preparación pedagógica, que, antes había sido Salesiano de la Inspectoría de Valencia.
En cuanto Marta se vio sola comenzó, en su acostumbrada franqueza, a manifestarle el conflicto que la oprimía por dentro. Este sacerdote itinerante la escuchó con atención y, al final (según las amigas), le pregunta que si tiene algún otro pecado o falta que añadir para disponerse a recibir el perdón. Ella queda sorprendida, sintiendo que lo que le decía Sonia era verdad y se le llena el alma de alegría. Una paz, que jamás querrá perder.
En cuanto baja del coche, corre de nuevo a la casa de sus amigas, que también habían regresado, dando saltos y gritos de alegría, para decirles que sabía que Dios no la había olvidado. Poco después les pide que la presentasen en las Comunidades, porque ella también quería conocer el “Camino”. “Quería dar a Dios todo en gratitud, al sentirse perdonada”, dice Stella.
El camino decididamente cristiano
Antes de machar a Madrid a proseguir los estudios, tuvo la oportunidad de tener los primeros contactos con las Comunidades de su parroquia, San Martín de Porres, pero ya no podía asistir a las catequesis. Su espíritu va madurando y su espontaneidad se va llenando de parresía o valentía cristiana. Ahora desea no solo ser famosa, sino, sobre todo, hacer el bien.
El 8 de septiembre de 1990 hay que mencionar un gran acontecimiento familiar, el matrimonio de su hermana mayor, Ana Pilar, cuya ceremonia preside el P. Carlos Conde, S.J., en la iglesia de la Merced. Entre los invitados hay un grupo de jóvenes que se relacionaban con este apreciado jesuita en las tareas de apostolado juvenil del Círculo Católico de Obreros, del que era consiliario.
Uno de estos fue Francisco-Javier Hernando Díez, que se puso muy contento ante la oportunidad de compartir el día con Marta, a la que de vista conocía, pero alguien se le interpuso y no pudo estar a su lado en la mesa. De todos modos quedaron para poder hablar de nuevo, y así comenzó un amor ejemplar, en el que, intuimos, Dios estaba siempre por medio.
Marta regresa a Madrid centrada, llena de fe y enamorada, y con tanto brío que, durante el año lectivo 1990-1991, realiza con buenas calificaciones 3º y 4º curso. En Madrid se pone en contacto con las Comunidades Neocatecumenales de la parroquia de Santa María del Monte Carmelo, para compartir con ellas.
Una de las compañeras dice que allí la conoció en diciembre de 1990 y afirma que un comentario, aunque fuese sencillo, la marcó, quizá por ver cómo dijo una chiquilla de 21 años cuánto la entristecía, en tiempo de Navidad, ver que la gente se cargaba de bolsas y más bolsas, sin ver el verdadero sentido de la Fiesta. Más tarde coincidieron ambas en las catequesis para adultos, a las que asistieron todos los lunes y jueves, de 8,30 a 9,30 de la tarde, durante los meses de enero y febrero del 1991.
Esta compañera de grupo, que la doblaba en edad y vivía cerca de Tagaste, enseguida congenió y pasaba a recogerla a la residencia. Al terminar la catequesis volvían juntas, pues desconfiábamos un poco, dice, y sentíamos miedo de ir solas. Siempre regresábamos riendo y corriendo, incluso por la carretera, cuando los coches nos lo permitían.
La militancia seglar y sus pruebas
Prosiguen los estudios en la Facultad, pero ahora no le da reparo manifestarse. El ramillete de profesores que allí le imparten las enseñanzas es de ideología variopinta. En las frecuentes conversaciones por teléfono con los padres les daba cuenta de momentos vividos en las aulas en los que, haciendo acopio de valentía, poco común, mostraba públicamente al profesor su desacuerdo en frases o comentarios vulgares, sugerencias políticas o ideas contrarias al pensamiento cristiano, que nada tenían que ver con la asignatura en cuanto tal. En una ocasión incluso se vio en la incómoda necesidad de recurrir con su queja al rectorado. Los estudios la resultaban fáciles, de suerte que acortó un año, e, incluso asignaturas de quinto curso.
Todo ello y su decidido testimonio también la trajo sus más y sus menos con las compañeras de residencia. Así escribe una de ellas:
“Marta, creo que era muy educada, ordenada y disciplinada, pues yo no recuerdo que se me quejara nunca de su estancia en la residencia de Tagaste, de sus normas, ni horarios, ni comidas. Sólo una vez, muy apenada me contó cómo unas compañeras de mesa del comedor la marginaron, no hablándola, ignorándola en grupo y sin motivo aparente, tan sólo para que se sintiera incómoda y ella, en lugar de corresponder con la misma moneda, intentaba hacerles ver que no se lo tenía en cuenta, y en lugar de huir de ellas y del mal que le hacían, ella las trataba más amablemente todavía. Pero eso, sí, recuerdo, que la lastimó”.
La recuerdo muy dicharachera, pues era muy comunicativa y buena comunicadora, pero delicada y prudente. Era reservada y no hacía alarde de sus cualidades. Al mismo tiempo, Marta era fuerte, pues según sus padres cayó enferma en la residencia y, por no preocuparles, no les dijo nada.
Era una chiquilla alegre, feliz, muy vital, sigue diciendo esa compañera. Recuerdo cómo a las 21,30, de regreso a la residencia nos situábamos a veces, en la acera contraria y llamaba a una de sus amigas para que se asomara a la ventana y en plena calle se marcaba un zapateo con palmas y todo
Era feliz, estaba muy enamorada de su novio Javier y el motivo de salir corriendo de las catequesis era porque quería llamarle dentro de los horarios permitidos por la residencia, y contarle lo que en ese día había tratado la catequesis. Hasta tal punto quería hacerle partícipe, que en más de una ocasión, grababa las catequesis para que Javier de algún modo y a distancia también lo viviera.
Marta María era una joven que llamaba la atención: guapa, esbelta (1,75 de altura, 65 k.), simpática, dinámica, comunicativa. Seguía ilusionada con su carrera. Su voz se parecía a la de Bárbara Streisand y con vistas a unas prácticas de grabación y sonido, un locutor de radio la ofreció poner a disposición todo su mejor instrumental para grabarla ocho o nueve cintas. Pero al final, ese hombre de unos 50 años, le dijo que no había conocido a ninguna mujer como ella y se le declaró enamorado. Eso la decepcionó profundamente, sintiendo las muchas falsas apariencias que había en ese mundillo.
Una de sus íntimas confidentes dice: “Me contó la frustración que le produjo el trabajo en una emisora de radio de Madrid. Recuerdo que me sorprendió que no aprovechara profesionalmente las cintas que grabó, pues podían servirle para el currículo”. En realidad, según su madre, cuando le llegaron esas cintas a Burgos, se las remitió de nuevo a aquel director de grabación. “Lo debió de sentir con gran fuerza y contármelo con esa fuerza, dice la amiga, porque no se me ha olvidado. Con aquello, Dios parecía imprimir en su espíritu lo poco que valían las cosas de la tierra y ella iba captando en profundidad su significado”.
De nuevo en Burgos y la retirada del novio
Ya próximo el ultimo año de sus estudios decide, a regañadientes de sus padres, trasladarse a Burgos para seguir estudiando las pocas asignaturas de 5º que le restan para acabar la carrera, habida cuenta de que había tratado de anticipar el final, matriculándose en más materias de las normales.
Ahorraría, así, a los suyos el gasto de estancia en Madrid, que no era corto y, sobre todo, estaría cerca de su novio, pues, de otra forma, un fin de semana Javier iba a Madrid y otro, venía ella a Burgos.
Marta nunca era inactiva, ni la clásica hija de papá. Desde el verano hasta diciembre estuvo trabajando como secretaria en el Gobierno Militar, con ello podía pagar sus cosas e, incluso, dar alegrías a sus hermanas.
Dentro de su campo de periodismo continuaba su preparación y trabajos. Una de las cosas que hizo es cubrir la Vuelta Ciclista a Burgos con Lorenzo, locutor deportivo de Radio Popular. De este tiempo hay algunos artículos de Marta en prensa defendiendo la vida, apoyando la paz, o en contra de la droga, y siempre destacando valores cristianos.
También fue elegida para presentar un desfile de modelos en el Hotel Condestable, en el mes de diciembre, orientado a influir positivamente en el campo de la moda femenina, pues buscaban alguien con capacidad de comunicación y determinadas condiciones de simpatía, que apreciaron en Marta.
A San Martín de Porres iba especialmente los sábados por la tarde para escuchar la Palabra y animar con las canciones, acompasadas de su guitarra, la liturgia eucarística de su comunidad neocatecumenal.
Unos días después de la muerte de Marta, en el editorial de la revista “Círculo Joven” (nº 51, febrero, 1992), Javier, deja estas palabras:
“Marta triunfaba donde pisaba: todo el mundo quería estar con ella, hablar con ella, saber de ella, y ella, aunque amaba profundamente a su familia y a los que la queríamos, tenía los ojos puestos en Dios. Los últimos apuntes, sus artículos (“si al menos nos diésemos cuenta de qué es lo que realmente importa en nuestra vida”), sólo son la punta del iceberg, de la grandeza de su alma.
El Señor me dio a Marta y el Señor me la quitó, pero ha sido tan galante conmigo que, antes de llevársela, la apartó afectivamente de mí, para que mi sufrimiento no fuera mayor.
He tenido la suerte de estar un poco más cerca de este cielo de chica y me siento muy afortunado de ello. Ahora pido a Martita, aunque ya sé que estás en el Cielo, guardándonos sitios, me reserves uno cerca de ti, aunque no me lo merezca.
Quiero terminar con palabras de Marta y que comparto con ella: la verdadera y única paz se encuentra en Dios, y todos estamos de paso en esta vida”.
Javier dice que Marta atraía como esas personas que tienen imán; entraba en un sitio y hacía relación. Yo no estaba en el Neocatecumenado, sino que ella me llevó a las celebraciones y a formar parte, pues “estaba muy atraída por la vida que veía allí”. Añade que, al dejar de salir juntos, es cuando comenzó a estudiar por la tarde en el Club Arlanza.
Al preguntarle por qué lo dejaron, responde que no tiene ninguna explicación lógica. Yo no tenía ojos sino para ella y, sin embargo, un día le dije: “búscate alguien que sea mejor que yo”. “No me digas eso, me respondió”, y sufrió bastante para asimilar mi postura. Quizás en ese momento me agobié con otras cosas y lo llevé al plano afectivo. Posiblemente fue la Providencia, añade. Pasé un estado anímico, como si alguien me hubiera retraído el afecto para que pudiese soportar mejor lo que llegó.
Los últimos meses
Después de trabajar de mañana como secretaria (hasta diciembre), por la tarde se iba al Club Arlanza, que conocía desde pequeña. Era el sitio ideal para estudiar sin que nadie la molestase, pues era disciplinada. Allí llegaba puntualmente a las cuatro de la tarde y permanecía estudiando hasta las ocho y media. La siguiente media hora la pasaba en oración, casi siempre de rodillas, en uno de los primeros bancos del pequeño oratorio.
Acabado este tiempo, charlaba con Cristina Borreguero, la numeraria del Club, titular de Historia en nuestra Universidad, privilegiada depositaria de sus últimos meses, de octubre a enero. A ella le hace partícipe de sus ideas, metas, preocupaciones e inmediatos proyectos.
A ella le contaba cómo en su conversación con el Señor le apremiaba para que le hiciera ver su voluntad, ya que su novio le había dejado y ella en las Comunidades se había levantado en una Eucaristía de convivencia para ser itinerante.
Cristina intentaba ilusionarle nuevamente con proyectos profesionales, que podría acometer con la carrera, “pero ella como de vuelta de ello, aquello ya no la interesaba, era claro que Dios le iba desprendiendo de todo: estudios, novio, proyectos Su forma de ser, en mi opinión, era la de una mujer que había encontrado a Dios, pero seguía buscándolo cada vez con más intimidad. En los últimos meses siguió acudiendo al Camino Neocatecumenal, al que se sentía muy unida, y donde ella se veía proyectada para ayudar al mundo. Al mismo tiempo, buscaba una dirección espiritual, que la llevó de nuevo a buscar el camino que había iniciado en su niñez: al Club Arlanza, a donde acudió buscando una dirección espiritual, para rezar y estudiar”.
En efecto, en el Club disponía de la ayuda de un joven sacerdote, que llegó a conocerla bien. A él le pedía frecuentemente que diese a conocer el Dios de la gracia, de la gratuidad, ese Jesús que se entrega para salvarnos por amor. Cristina Borreguero sigue diciendo: “Era una mujer con profunda vida interior, que se palpaba en su actitud Al mismo tiempo que buscaba con mucha fuerza a Dios, se daba a los demás”.
En una ocasión, al salir de la parroquia de San Martín de Porres, se encontraban charlando el párroco, D. Fermín con D. Pedro Gutiérrez, también sacerdote, que había sido su antiguo profesor de Religión en el Instituto. Se acercó éste a Marta para interesarse por sus proyectos de afamada periodista en que, él sabía, quería convertirse, según relataría el párroco a sus padres, y que Marta, tras unos instantes de reflexión, le contestó: “hoy por hoy en mi cabeza solo cabe Dios”.
Javier cuenta que se encontró con ella el 25 de diciembre y que lo sintió como un maravilloso regalo de Navidad, se alegró mucho, pero sin atreverse a pedirle hablar de nuevo. Solo la dijo que quería continuar como amigo y ella le sugirió que era mejor no comenzar a recordar.
El día de Noche Vieja, en el Club, después de la meditación y Santa Misa, se organizó una fiesta de disfraces y Marta, como gratitud y recuerdo de sus tiempos de infancia, llegó vestida con frac y estuvo haciendo reír a las niñas unos tres cuartos de hora y, luego, se fue con sus amigas.
Era muy atenta y cariñosa, para la última fiesta de Reyes Magos había comprado con gran ilusión una guitarra para su hermana Silvia, de 11 años, que llevó para enseñársela a su amiga Cristina. Sé cómo era con los demás, pues, “al hablarme de sus amigas se traducía el cariño y lo mucho que se había volcado con cada una de ellas”.
Como estaba dispuesta siempre a acompañar y, en la tarde del 6 de enero, tenía que permanecer en el Club, vino para que no se me hiciera largo: “además de charlar un rato y merendar, vimos un video sobre el encuentro de Juan Pablo II con los jóvenes universitarios del UNIV., que se celebra cada año en Roma. Nos emocionó a las dos; a ella le impresionó vivamente el Papa y se propuso ir en Semana Santa a Roma [para el encuentro]. Llevaba 5.000 pesetas y me las dio para reservar plaza“.
El día de Santa Inés (21.1.1992), hermoso testimonio
Había notado desde hacía unos días que alguien la seguía, por lo que manifestó su miedo a la directora del Club Arlanza, que ella describe así:
“Yo no podía imaginarme de qué miedo se trataba. Era un sentimiento de que algo iba a pasar. La última noche estuvimos hablando en el cuarto de estar de Arlanza desde las 8,30 hasta las 9,40. Tenía mucho miedo, presentía algo, yo le quité importancia. Le hablé mucho de confiar en Dios Recuerdo, incluso, que le conté la anécdota de la vida de Santa Teresa en Salamanca, cuando al acostarse sobre el suelo en lo que sería la nueva fundación, la monja que le acompañaba le preguntó a la Madre Teresa si no tenía miedo de que volvieran los estudiantes y las mataran a las dos. Si eso ocurriera, hermana, ya me ocuparé de ello, pero ahora déjeme dormir“.
Antes de marcharse a casa, se acercaron al oratorio para despedirse del Señor, “hicimos una genuflexión delante del Santísimo y se fue”. Al salir le indicó que no retiraran los libros y apuntes, que había dejado sobre la mesa de estudio, porque, al día siguiente, después de la Misa de la mañana, pensaba seguir estudiando para preparar los exámenes de febrero.
Extrañó a la familia que, siendo las diez de la noche, Marta no hubiera regresado a casa. Lo corto del camino del regreso, unos trescientos metros, y lo inclemente de la noche, que registraba una leve nevisca, unido a la habitual puntualidad, contribuyeron a esa extrañeza. Marta no regresó nunca más a su casa.
Un joven, Darío, conocido de toda la familia, pasaba en aquel momento con su coche e invitó a Marta a subir en él. La dejó frente al portal. Cerca de las diez horas la vecina del segundo piso oyó un grito desgarrador, pero al no repetirse no salió a ver qué sucedía. Cinco días se tardó hallar el cadáver de Marta, junto a una valla de una granja en Villagonzalo Pedernales, a unos cinco kilómetros de la Ciudad.
Según el informe forense falleció en las primeras horas del día 22. Había sido fuertemente golpeada el la parte izquierda de la cara, con roces en las rodillas, presión de los dedos en la pierna, con diversas contusiones, hematomas, erosiones, herida de corte en un dedo de la mano derecha, fuertes presiones con las manos en el cuello y, sobre todo, 14 heridas de arma blanca en la parte izquierda del pecho, una de ellas atraviesa el pulmón y otra penetra en el centro del corazón. Varias veces repite el informe forense y la sentencia que eso sucedió por intentar evadir la agresión.
El imputado del crimen ya había sido juzgado en cuatro ocasiones precedentes por diversos abusos deshonestos y violaciones, pero sin llegar al homicidio, al ceder sus víctimas a sus pretensiones. No sucedió así con Marta. Se trata del que fue designado como el “violador del ascensor” de Valladolid. Según la prueba del ADN., la sentencia afirma que la seguridad de la imputabilidad es “prácticamente el 100%, al situarse el margen de posibilidad de que otra persona tenga los marcadores genéticos del acusado en torno al 0,000003%”.
Sometiendo los datos al parecer de la Santa Madre Iglesia, todo nos sugiere que la joven estudiante de periodismo, Marta Obregón, nos dejó un hermoso ejemplo, tanto en una vida agradecida al amor y misericordia de Dios, como en su valerosa muerte. Uno de sus últimos gestos había sido arrodillarse ante el Santísimo, al despedirse, deseando alimentarse en la Eucaristía del nuevo amanecer.
Marta dejó varias notas y reflexiones esparcidas por sus cuadernos, de las que recojo una:
“Oh Dios: ayúdame, por favor, ¡ya! (Que no hay tiempo, Señor , que la vida es muchísimo más corta que lo que, pobres ilusos, pensamos. Que cuando tú quieras nos coges y nos llamas de este suelo en que nos ha tocado vivir). Ayúdame pronto a encontrarme. Ábreme bien los ojos y mi corazón, porque parece ser que todo aquél que nos rodea eres tú mismo, y eso, Dios mío, cuesta muchísimo entenderlo.
Sólo una cosa más: que sepas que te quiero y que siempre lo he hecho, a pesar de todo”.
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