Resumen de la intervención en el pasado 11 de octubre de Mons. Zbigniew Kiernikowki, Obispo de Siedlce (Polonia), en el Sínodo de los obispos sobre la Palabra de Dios:
El hombre moderno, no iniciado en la escucha de la Palabra, permanece a menudo frente a ella como un sordomudo. En el Evangelio de san Marcos tenemos la escena de Jesús que abre los oídos y les suelta la lengua con el gesto (casi un rito) del “Effatá” (Mc 7,34).
El Kerygma es un momento muy importante. Pero si el Kerygma no es seguido por una verdadera y efectiva formación de la escucha de la palabra en el seno de la comunidad de fe, se corre el riesgo de caer en los diferentes moralismos, o de desembocar en los diferentes fanatismos u otros tipos de interpretaciones subjetivas.
Es necesario tener en cuenta que el hombre, después del pecado (conditio peccatoris), necesita ayuda para poder escuchar y dejarse formar. Si no recibe esta ayuda, el hombre huye de su propia realidad, como Adán en el jardín del Edén, porque tiene miedo a verse envuelto y lleno de la Palabra del Evangelio que le propone «la vida nueva», poniéndolo en la condición de tener que dejarse a sí mismo para seguir a Jesús, el Crucificado resucitado, en el que se cumple el Sermón de la Montaña.
El discurso de la Montaña es muy atrayente. Pero si el hombre se encuentra frente a este mensaje a solas, comprendiéndolo únicamente como mandamiento y no como imagen y promesa del hombre nuevo, queda espantado. Las verdades: “Bienaventurados los pobres de espíritu… bienaventurados los perseguidos… no resistáis al mal… Amad a vuestro enemigo” (Mt 5) le parecen irreales.
Pero sucede con frecuencia que, aunque se haya llevado a cabo una primera escucha, si esta concepción de la Palabra no se aborda de manera adecuada, entonces se aborta, se divorcia, se traiciona, se previene una concepción advertida como incómoda y peligrosa.
La única persona capaz de acoger la Palabra es María – la Inmaculada. Ella, precisamente como Inmaculada, podía acoger la Palabra, concebirla, conservarla en su intimidad y llevarla a fructificar, a hacerla nacer como el Hombre Nuevo, el Nuevo Adán. Ella es la figura y la Madre de la escucha que se vuelve fructífera en cada uno de los que escuchan.
El enfoque que se da en el Camino neocatecumenal se basa en el kerygma inicial, seguido por un serio proceso de iniciación bajo la guía de la Iglesia (obispos, párrocos y catequistas) en pequeñas comunidades y con las debidas etapas de iniciación cristiana. De esta forma el catecumenado le propone un recorrido a quien se inicia, enseñándole a aplicar la Palabra a su propia vida.


La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.
