(Javier Cebreros – CAMINAYVEN.COM) – El otro día, paseando por el centro cámara en mano e intentado recoger alguna ”instantánea navideña“, pasé delante de unos grandes almacenes, encima de una de las puertas había un maravilloso cartel hecho con bombillitas que iluminaba una escena que me impactó: una señora muy bien vestida cargada de bolsas decoradas con motivos navideños. Por el papel que asomaba de las enormes cajas que portaba en las bolsas de plástico me imaginé que eran regalos navideños. Faltaba más de un mes para la Noche Buena y un poco más para la mágica Noche de Reyes. Junto a ella no había nadie, bueno sí, un señor sentado en taburete plegable de playa, que tocaba una triste melodía con un viejo saxo y a sus pies tenia una caja de cartón con algunas monedas. En el cartel luminoso estaba escrita la palabra más repetida en estas fechas: Felicidades.
Esta escena “pre-navideña” me hizo reflexionar sobre el consumo exagerado que se realiza en estas fechas, me hizo pensar en la cantidad de personas a las que no les falta de nada y sobre todo a la cantidad de personas que carecen de casi todo. Esa triste melodía que tocaba ese saxofonista despertó en mí un sentimiento de tristeza ya que tuve delante de mis ojos las dos caras de una misma moneda: pobreza y riqueza, felicidad y tristeza en los días previos a Navidad. ¿Pero quien era el pobre y quien era el rico?
La Navidad es una época agridulce. Queramos o no, se nos viene a la mente los recuerdos de algún ser querido, y sobre todo a más de uno se nos hace mas visible ese agujerito que hay en nuestro corazón, ese sentimiento de que ”algo“ nos falta, y por eso compramos, comemos, bebemos e intentamos ”divertirnos“ lo máximo posible. Los anuncios de televisión, de prensa, las conversaciones con amigos, compañeros, nos aleja del camino que conduce a lo que estamos buscando realmente: ser felices de verdad. Parece una paradoja, un contrasentido, pero así es. Buscamos la felicidad, donde no está. Nos olvidamos del verdadero sentido de la Navidad, que no tiene nada que ver con las grandes comilonas, los mas caros regalos y el exceso de fiesta, ni con el inexistente Papa Noel, ese que cuelga de miles de balcones de nuestra maltrecho país, y que espero y deseo que los Reyes Magos traigan solución para los problemas que azotan nuestro querido país.
La verdadera felicidad, esa que inconscientemente estamos buscando, está esperándonos en un rinconcito de nuestro corazón. Un rinconcito que está preparado para que nazca Jesucristo, ése que va a dar la vida por nosotros, ése que morirá en la cruz para dar sentido a nuestro dolor, a nuestro sufrimiento, a nuestros verdaderos problemas. Y que después resucitará.
Felicidad es dejarnos amar por Jesucristo, ése que sólo quiere nacer en nuestro corazón, ése que es el verdadero sentido de la vida, la verdadera felicidad y el sentido de la Navidad.


La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.
