(Josep M. Sucarrats – PANTALLA90.ES) – El octogenario y famoso director polaco, Andrzej Wajda, presenta por fin en España, con dos años de retraso, Katyn, la que dice ser seguramente su última película. Con ella, el director de Danton afronta, desde la autobiografía y la confesión, y por primera vez en el cine, el asesinato de más de 22 mil oficiales polacos e intelectuales a través del tiro en la nuca en el bosque de Katyn y alrededores, en 1940. Wajda lo hace a partir de la figura de su padre, oficial polaco asesinado en ese doloroso período de la historia polaca. El resultado es una película estremecedora, sobria y sincera, que no busca ser fácil, sino exponer de modo realista la dureza y la ansiedad de dicha tribulación.
Wadja se sirvió de varios guionistas hasta encontrar el modo que creía hacer más justicia a un asunto que durante años había tenido una versión oficial falsa. Los hechos, sin embargo, son ya conocidos: en 1939, Polonia es atacada por flancos diferentes por alemanes y bolcheviques. Más de 20 mil oficiales polacos e intelectuales son arrestados. Pocos meses después, y ya en 1940, Stalin ordena personalmente la ejecución de los prisioneros en el bosque de Katyn y en lugares similares. Durante la guerra, y al encontrar los nazis las fosas de Katyn, los alemanes culparon –hipócritamente– a los soviéticos, quienes, a su vez, manipularon las autopsias para cambiar la fecha de las ejecuciones y acusar a los alemanes. La mentira siguió siendo oficial hasta el colapso del comunismo soviético, momento en que se reconoció la responsabilidad de Stalin y la NKVD.
El film empieza lentamente a partir de la contemplación de unas inquietantes nubes que esconden los hechos hasta que la cámara consigue descubrirlos. Con esta metáfora, Wadja da a entender el silencio y la confusión que ha planado sobre este asunto hasta inicios de los 90, cuando Gorbachov reconoció la autoría soviética de los crímenes. Hasta entonces, rusos y alemanes utilizaron la masacre para sus propios fines, eludiendo responsabilidades propias y comunes. Por ello, y para recalcar precisamente ese aspecto de confusión de un mundo que vive de uniones que son meros pactos frágiles, el director inicia la acción con la imagen de un puente por el que el pueblo polaco huye en direcciones opuestas; el puente simboliza así la unión de dos tragedias para ese pueblo: de un lado, la invasión soviética; del otro, la invasión alemana. En medio, se encuentran la confusión de la gente y de las mujeres que buscan a sus maridos oficiales o a sus familiares.
El tono de la cinta y de la música, así como el recurso a un matiz verde cobre, busca crear una atmosfera inquietante y falta de serenidad, con cierto punto de amargura. El argumento integra, por un lado, el mundo de los vivos, donde están las mujeres y los hijos, que deben soportar más de seis años de incertezas para comprobar si sus maridos y familiares están o no contenidos en las listas de asesinados que periódicamente publican los nazis; por otro lado, se combinan secuencias del breve período que vivieron los oficiales y soldados, llenos de la misma incerteza y temor. La unión entre los dos períodos viene ilustrada por la verdad cruda y explícita de los vídeos históricos en blanco y negro intercalados en la trama.
Sin buscar ningún tipo de sentimentalismo, la película avanza angustiosamente hacia los últimos diez minutos de la cinta, destinados a mostrar explícitamente la maquinaria asesina y sus horrores. El cansino mostrar el tiro en la nunca pretende explicitar la inhumanidad de tales hechos, combinados con un Padre Nuestro, pronunciado por los asesinados. A pesar, del denunciante verismo (que puede provocar incluso la náusea, y que recuerda la película de su colega Kieslowski, No matarás) y del recurso a los rosarios, a la oración y a la santidad de los asesinados, Wadja no se aparta de un cierto pesimismo vital, común también en colegas suyos, como Zanussi o Kieslowski. La apertura a lo trascendente suele ser una puerta la vida después de la muerte, sin que se vea constituir un modo concreto de afrontar la circunstancia como camino a la vocación con Dios. Sin embargo, ello no quita encontrarse delante de una gran obra, nada apologética ni ventajista, y que, sin duda, se acerca a la obra maestra.



