(Orlando Díaz Márquez — CAMINAYVEN) Resulta del todo acertada la insistencia que han tenido los Obispos que asisten en estos días en Roma al Sínodo sobre la Palabra de Dios, respecto a la necesidad de poner más atención a la homilía de la Eucaristía. Muchas cosas se han dicho respecto al tema. Sería bueno echarle un vistazo a alguna intervención en el Aula del Sínodo referente al tema para poder enmarcar el problema:
Card. Stanisław DZIWISZ, Arzobispo de Cracovia (POLONIA): ”El Documento de Trabajo llama la atención sobre una cierta paradoja cuando afirma que “al hambre de la Palabra de Dios no siempre corresponde una predicación adecuada de parte de los Pastores de la Iglesia, por carencias en la preparación del seminario o en el ejercicio pastoral” (n. 27). Tocamos aquí un importante problema para la vida y la misión de la Iglesia.
Creemos que la plena verdad sobre la suerte del hombre está contenida en la Palabra de Dios. El problema elemental consiste en el hecho que esta Palabra necesita testigos ardientes, dispuestos a compartir con los demás la verdad que ha cambiado su vida.
El periodo de la formación en el seminario es un tiempo especial de la preparación de estos testigos; pero parece que a veces los candidatos al sacerdocio tratan el texto de la Sagrada Escritura más bien como objeto de estudio, sin tener en cuenta su dimensión espiritual.
La Escritura no se convierte para ellos en la Palabra de su vida. No deja que emane de la Escritura la fuerza de la Palabra capaz de cambiar al hombre, de convertirlo.
Tendremos que reflexionar sobre el papel de la Palabra de Dios en la formación impartida en los seminarios y, por consiguiente, en la formación permanente de los sacerdotes. En los seminarios se han elaborado diversas formas del encuentro personal y comunitario con la Sagrada Escritura. Veo que existe la necesidad de compartir las experiencias en este campo en el diálogo entre nuestros seminarios.
El Documento de Trabajo señala esta necesidad cuando subraya que la formación en los seminarios tiene que favorecer no sólo el aprendizaje de conocimientos bíblicos adecuados sino también ”una verdadera iniciación a la espiritualidad bíblica” y “una gran pasión por la Palabra al servicio del pueblo de Dios” (n. 49).
El Pueblo de Dios necesita sacerdotes apasionados por la Palabra y el servicio.
Ésta es una de las condiciones indispensables de la nueva evangelización que tanto preocupaba al Siervo de Dios Juan Pablo II“.
El arzobispo de Cracovia ha señalado en su intervención los puntos conflictivos del problema:
1. Se necesitan más testigos apasionados de la Palabra.
2. Los candidatos al sacerdocio tratan la Biblia más como un objeto de estudio que como Palabra para su vida.
3. Es necesario favorecer en los seminarios no sólo el aprendizaje de conocimientos bíblicos adecuados sino también ”una verdadera iniciación a la espiritualidad bíblica” y “una gran pasión por la Palabra al servicio del pueblo de Dios”.
Al reflexionar sobre estos puntos expuestos por el Cardenal se puede observar un panorama real de la cuestión. Primero, aunque es necesario el estudio ”científico“ de la Palabra, la comunidad cristiana necesita testigos, es decir, personas que, después de un encuentro personal con Jesucristo, sientan la necesidad de dar testimonio de él a la comunidad. Los Apóstoles ha vivido esta imperiosa necesidad: después de haber recibido en Espíritu Santo en el atemorizado encierro en Jerusalén, no podían guardar silencio, sino que hablaban de diversas lenguas ”las maravillas de Dios“. El predicador no es un trasmisor de conocimientos, sino que habla de lo que ha experimentado en su vida. La homilía, por tanto, no es lugar adecuado para trasmitir magníficas teologías, sino para llevar a los oyentes al encuentro con Cristo, realmente presente en la Palabra proclamada. Este ”conducirlos“ a Jesús se ve perfectamente encarnado en Juan el Bautista, a sus discípulos al ver al Mesías le indica ”he ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo“.
Segundo, No se puede ser testigo de aquello que no se ha visto con los propios ojos. La formación de los futuros sacerdotes debe abrir la posibilidad de un encuentro ”espiritual“ con la Palabra. No podemos caer en el desprecio del estudio exegético que tantas luces ha dado sobre la Escritura, pero el acercamiento juicioso a los textos no puede obviar que esa Palabra no es letra muerta sino que habla al corazón del que se acerca a ella, no es un cadáver que se puede estudiar como algo inerte, sino que, es un ser vivo, es Cristo mismo el que se esconde detrás de las letras de los textos.
Tercero, la Palabra de Dios esta diseñada para ser escuchada en el seno de la comunidad cristiana, ella busca quien la acoja para hacerse carne en aquel que le abra las puertas. La verdadera espiritualidad bíblica consiste en dejarse interpelar la propia vida por la Palabra escuchada. Escuchar al Señor, como María que sentada a sus pies olvidándose de las preocupaciones diarias; ”ella ha escogido la mejor parte“, diría el Señor a Martha.
La homilía que hace el presidente de la asamblea, será pues la unión de los elementos expuestos. Dar testimonio del encuentro con el Señor; llevar al oyente a Jesús, capaz de cambiar la vida de las personas y finalmente ayudar a la comunidad a escuchar al Señor en la propia historia, dejándose interpelar por la Palabra proclamada.
Pero el mejor modelo de homilía lo tenemos en el bello texto de San Lucas. Jesús llegó a su tierra, Nazaret, entra en la Sinagoga y proclama un texto de la Escritura. Pero escuchemos el texto, que será mejor oír al Señor dándonos el mejor modelo de predicación:
”Vino a Nazará, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: “Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.” (Lc 4,16-21)



