Una lusitana, residente temporal en España, me comentaba recientemente que tenía “saudade” de Portugal. No parece una palabra de fácil traducción. Quizás nuestra morriña, añoranza o nostalgia pueden aproximarse al expresivo término del país vecino. Pues bien, escribo estas líneas para expresar algo que, según mi parecer, todos tenemos: “saudade”, nostalgia de Dios. Pueden estar en tal situación incluso los no creyentes o poco conocedores del Creador, porque cada corazón es gemelo de todos los corazones humanos, aun cuando se niegue nuestra naturaleza y todo lo que lleva consigo: igualdad radical, idéntica dignidad y parejos derechos, justo por ser criaturas de Dios.
San Agustín acuñó una expresión mil veces repetida y siempre veraz para todos: nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Puede que otros afanes oculten la inquietud, quizá porque falla un punto capital, pero no siempre claro, para registrar esa nostalgia de Dios. Me refiero a la realidad de la creación pues, negada ésta, aunque continúe siendo verdadera la expresión agustiniana, queda progresivamente amortiguada en la vida de un hombre situado cómodamente en el lugar del Creador. Lee el resto del artículo




(Victoria Serrano Blanes – Buena Nueva) Cuando a Jesús le sobrevino el primer episodio de trastorno bipolar quedó totalmente desconcertado. Tenía tan solo 17 años y muchos interrogantes que bullían en su aturdida mente. Se sintió prisionero de un pánico desmedido y quiso huir, ignorando que, fuera adonde fuera, siempre llevaría como polizones al miedo y la inseguridad. Un segundo brote bastó para delatar ese volcán que torturaba su alma y que él con tanto empeño ocultaba. Le diagnosticaron una psicosis maníaco-depresiva, pero le costó años y disgustos aceptarla como compañera de andanzas. Un buen día escuchó que Dios, siempre a su lado, le esperaba para romper los cepos que le atenazaban. Comprendió entonces que su mente no es una nota discordante, una falta de ortografía ni un renglón torcido, sino el plan amoroso del Padre para llevarle a compartir la herencia de los santos.



La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.

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