(Orlando Díaz Márquez — CAMINAYVEN.COM) ”La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos“ (De las cartas pastorales de san Carlos Borromeo, obispo – Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, 916-917)
Nos preparamos para vivir el tiempo del Adviento. Estoy seguro que todos nuestros lectores están enterados de su significado e importancia. Por ahora, basten estas líneas para reflexionar sobre un aspecto muy importante de este tiempo: la espera. No como una simple remembranza de lo que pasó hace unos siglos en el portal de Belén, sino como una actitud existencial: esperar al Señor.
El tiempo de adviento viene en ayuda del cristiano, a recordarle que no es bueno entretenerse en las preocupaciones diarias, perdiendo de vista el destino glorioso al que está llamado. No somos ciudadanos de esta tierra, sino que, estamos desterrados, vivimos con la esperanza de la patria verdadera. Sólo el que ha vivido lejos de tierra sabe lo que significa estas palabras. Este tiempo de preparación al tiempo de la Navidad es un grito en mitad de la noche que dice: ya está el esposo a la puerta, salid a su encuentro.
En la encíclica de Benedicto XVI Spe Salvis, el Papa habla de la virtud de la esperanza, dando un ejemplo tomado de San Agustín. Dice el autor que Dios quiere llenarnos de la miel de su gracia, pero primero tiene que vaciarnos de la hiel de la que el corazón está lleno. La liturgia de este tiempo, la Palabra, los Sacramentos, vienen a ayudarnos a despojarnos de todas aquellas cosas que amargan el corazón del hombre, la lista la hace el Apóstol San Pablo: rencores, rencillas, maledicencias, lujuria, ira .etc. Vamos acumulando como en un barril todos estos sentimientos que envilecen nuestra dignidad de hijos de Dios.
Si estamos atentos a la liturgia de la Palabra de este tiempo podremos darnos cuenta de cómo los textos nos llevarán de la mano al encuentro de Cristo, que viene en la humildad de un niño recién nacido, sin imposiciones ni pretensiones, sin grandes manifestaciones ni portentos, sólo un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, sólo está buscando quién quiere acogerlo con corazón sencillo; este niño es capaz de cambiar la historia de esclavitud en la que cualquiera puede estar metido. María y José caminan hoy también por las calles de nuestras ciudades, llamando a la puerta y a la espera de que alguien le brinde un lugar donde dar a luz al Hijo de Dios. Que este tiempo de adviento nos ayude a disponer el corazón para acoger a la humilde familia de Nazarteh que trae consigo al Salvador del hombre. ¡BUEN ADVIENTO!


La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.
