La Cruz de los jóvenes fue entregada por Juan Pablo II en la Jornada Mundial de la Juventud de 1984 con las siguientes palabras: “Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención”. Desde entonces, esta cruz de 3,8 metros de altura y el icono de la Virgen María (entregado en 2003) han recorrido todo el mundo.

La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.

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