Hace muchos años, en una pequeña población italiana, en Greccio, un buen hombre estaba preocupado por la manera en que podía hacerles acercar el misterio del nacimiento del niño Dios, a los habitantes de esta localidad. Quedaban pocos días para que llegara la Navidad y en medio de la sencillez y pobreza de la que estaba allí rodeado, Francisco en una humilde gruta, recibió el impulso de una fuerza divina para representar en vivo el nacimiento de Jesús. Y así fue como en la Navidad de 1223, previa autorización del sumo pontífice Honorio III, buscó entre la gente del pueblo los que se vestirían de pastorcitos, de José y María, llevaron un buey, una mula, otros animales y tras cubrirlo todo de paja, dispusieron un simple paño blanco sobre el altar y allí mismo colocaron al niño Jesús que era una tela envuelta en unas mantas sobre un pesebre. Se celebró entonces una solemne misa a la que todos quedaron invitados.

Eran las seis de la mañana, como cantaba Juan Luis Guerra en los 90, pero esta vez no se invitaba a que lloviera café en el campo, ni a bailar bachata: unos padres iban invitando a sus hijos a ir sentándose en los asientos del AVE, ese que salía de la Estación María Zambrano de Málaga el 27 de diciembre de 2009.
”En las próximas semanas el árbol de Navidad será motivo de alegría [...
] Su forma en punta, su color verde y las luces de sus ramas son símbolos de vida. Además, nos remiten al misterio de la Nochebuena. Cristo, el Hijo de Dios, trae al mundo oscuro, frío y no redimido, al que viene a nacer, una nueva esperanza y un nuevo esplendor. Si el hombre se deja tocar e iluminar por el esplendor de la verdad viva que es Cristo, experimentará una paz interior en su corazón y será constructor de paz en una sociedad que tiene mucha nostalgia de reconciliación y redención“ (Benedicto XVI, Audiencia, 12 de diciembre de 2008).
(VIS).-Benedicto XVI dedicó la catequesis de la última audiencia general de 2008, celebrada en el Aula Pablo VI, a la Navidad, “una fiesta universal”.
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(Javier Cebreros – CAMINAYVEN.COM) – Gracias a Dios, ha pasado la fiesta de Halloween, esa fiesta que nos han ”colado“, como si fuese un gol por toda la escuadra, donde se da culto a la muerte, al miedo, al terror, y que, desde los colegios, los profesores se encargan de que los niños no falten a su cita ataviados con disfraces de brujas, demonios, y otros grotescos atuendos que sus obedientes progenitores se han encargado de comprar o de confeccionar. Por supuesto la noche de Halloween, no una tradición española, ni mucho menos cristiana, es una estúpida moda importada de Estados Unidos, a través de películas y series ”made in USA“, que han paganizado la víspera del Día de Todos los Santos.
La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.

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