El 22 de octubre de 1978 se inauguraba solemnemente en Roma el pontificado de Juan Pablo II, que había sido elegido como sucesor de Pedro el día 16 de octubre pasado. Tenía 58 años y se convertía en el 264º sucesor del apóstol San Pedro como Obispo de Roma y en el más joven en llegar al pontificado de todo el siglo XX.
Venía desde Polonia, entonces en el lado oriental del telón de acero. Era arzobispo de Cracovia, en la iglesia polaca. Una iglesia floreciente a la que los envites del totalitarismo comunista no habían conseguido amilanar. Aires nuevos del este europeo, un espíritu distinto se acababa de instalar en Roma. Y ese mismo día, en la homilía de la Misa de inauguración de su pontificado, resonaron en toda la Plaza de San Pedro estas palabras pronunciadas por su sucesor: “¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su fuerza! [...]¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Lee el resto del artículo

CIUDAD DEL VATICANO, lunes 6 de julio de 2009 (ZENIT.org).- El mundo católico y cientos de instituciones sociales están a la espera de la tercera encíclica del Papa Benedicto XVI “Caritas in veritate” (Caridad en la verdad), firmada el pasado 29 de junio, en la fiesta de San Pedro y San Pablo, que será publicada este martes.
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Queridos hermanos en el Sacerdocio:
No se podía escoger mejor fecha para inaugurar el año sacerdotal convocado por Benedicto XVI; por un lado la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y por otro el 150 aniversario del ”dies natalis“ de San Juan María Vianey, más conocido como el Santo Cura de Ars. Sobra resaltar el papel e importancia de los presbíteros para la vida y misión de la Iglesia, lo que hay que advertir es que ser sacerdote hoy, en medio de un mundo secularizado se convierte en una tarea casi heroica.
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La Iglesia está presente en los acontecimientos más importantes de la vida, acompañando a las personas que se acercan a Dios en los momentos más importantes de la existencia humana: en los felices (matrimonio, bautismo, confirmación) y también en los dolorosos (pecado, enfermedad, muerte). Por la Iglesia, el Dios del Amor, visible en Jesucristo, se acerca a cada uno para darle sentido y esperanza.

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