(Carlos Orlando Díaz – CAMINAYVEN.COM) – Cuenta un conocido midrash hebreo que, ante la orden dada por el Faraón de matar a todo niño varón que naciera, las mujeres hebreas decidieron evitar a sus hijos el destino cruel que les esperaba no mas nacidos, por ello evitaban quedarse embarazadas. ¿Cómo podía una madre engendrar a su hijo para una muerte inevitable? Intervino Moisés en la situación y animó a las hebreas. Les dijo: – vosotras sois más crueles que Faraón, por que el tirano solo les priva de la vida física, vosotras, en cambio les negáis la Vida Eterna.-
Muchas famitas cristianas pueden encontrarse ante esta misma duda: ¿vale la pena traer hijos al mundo para que sufran los horrores de este mundo presente que los perseguirá sólo por el hecho de ser cristianos? El pasado 30 de diciembre en el Encuentro de la Plaza de Colón ”Por la familia cristiana“ Kiko Argüello nos daba una buena respuesta a esta pregunta, con mucha fuerza Kiko decía: ”la familia Cristiana da a los hijos una identidad, son los frutos del amor de los padres que lo han recibido como un don de Dios; les da una identidad, les da una moral. Son educados en la fe de los padres, pero sobre todo a los jóvenes les da UN DESTINO GLORIOSO: LA VIDA ETERNA“.
La mentalidad inmediatista de la sociedad quiere hacernos creer que no hay nada más allá de la muerte, que esta tierra que vemos y tocamos es lo único que existe, por ello hay que disfrutar al máximo la vida presente, porque, en palabras de Kiko, esta nave que es nuestra vida no va a ninguna parte, es el absurdo total, no vale la pena luchar, ni mucho menos sufrir, porque esta vida se termina y no hay nada mas. Pero esto es una total mentira. Dios nos ha pensado para una Vida Eterna, no puede ser que la creatura más preciada a los ojos de Dios esté destinada a la total destrucción.
La familia cristiana, introduciendo a sus hijos en la Iglesia a través del bautismo, les ofrece la mejor herencia que un ser humano puede recibir, qué mejor destino podemos desear para ellos. Trasmitir la fe a las nuevas generaciones es por tanto una responsabilidad ineludible que ninguna autoridad humana puede reemplazar. Educar a los hijos en la fe es pues una ”gravísima responsabilidad“ de los padres, porque con ello se juegan el destino glorioso de la prole.
No importa que vayamos contracorriente, que seamos perseguidos y discriminados por pensar que nuestra nave está destinada para vivir eternamente en la casa del Padre. Bien lo ilustra este comentario al pasaje de Ex 1,15-22: ”Un midrash profundiza en el significado del nombre “hebreo”. De seguro, se deriva de la palabra “ever”, que significa “más allá” o “al otro lado”, como en la canción de Josué: “En los tiempos antiguos, vuestros padres habitaban al otro lado del río (Eufrates)… (beever hanahar) y servían a otros dioses. Pero tomé a vuestro padre Abraham de más allá del río…” (Josué 24:2-3). El midrash, sin embargo, convierte la geografía en historia. El papel de Israel es el de ser el eterno disidente, el crítico inflexible de las culturas adictas a los sentidos. El nombre “ivri” nos predestina a mantenernos aparte, “cuando todo el mundo (está) en un lado (meever ejad), él (debe estar) en el otro” (Bereshit Rabá, 42:8). Para cumplir su misión como faro de luz, Israel necesita guardar su distancia”.
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