
”Mientras el cortejo fúnebre ya estaba entrando en la basílica, tenían que bajar el ataúd a la tumba.
Y ha sido entonces, justo entonces, cuando he empezado a pensar
Lo he acompañado durante casi cuarenta años, doce en Cracovia, luego veintisiete en roma. He estado siempre con él, junto a él.
Ahora, en el momento de la muerte, se ha ido solo.
Lo he acompañado siempre, pero de aquí se ha ido solo. Y este hecho, no haberle podido acompañar, me ha impresionado profundamente.
Sí, lo se, no nos ha dejado. Aún sentimos su presencia, las numerosos gracias obtenidas a través de él. Y, además, yo lo he acompañado hasta este punto de la Iglesia.
Pero de aquí se ha ido solo. ¿Y ahora? ¿Quién le acompaña en la otra orilla?“ (Pág. 243).
Estas palabras no las dice cualquiera. Se trata de su amigo, de su colaborador, de su secretario, el cardenal Stanislao Dziwisz testigo presencial de los hechos que nos cuenta en su libro UNA VIDA CON KAROL, publicado el año pasado en castellano por la Editorial La Esfera de los Libros
Ha sido un viaje emocionante y conmovedor por los recuerdos de aquel hombre discreto que siempre veíamos como a la sombra, detrás del Santo Padre Juan Pablo II. Discreto y solicito ayudante de los largos años de ministerio episcopal del recordado Papa. Si te adentras en las páginas de este libro con la sensibilidad afinada lograrás sentir las emociones, los momentos, el drama y los sufrimientos vividos de los que el cardenal fue testigo y que sin miedo a las miradas indiscretas nos cuenta con detalle a los largo de los 35 capítulos del libros y no exagero cuando digo que incluso te brotarán las lágrimas al acercarte de una manera tan especial a la vida de un hombre que ha marcado las nuestras a través de estos largos años de Sucesor de San Pedro.
En los rincones sencillos de este libro se encuentran importantes momentos de la historia de los últimos años, de la mano de este hombre sencillo que preside ahora la Iglesia que peregrina en Cracovia. Se podría decir que es una crónica de la vida diaria del Gran Papa, sus viajes, su misión al frente de la barca de Pedro, sus sufrimientos, la enfermedad y el momento de la muerte.
Es muy difícil detenerse a comentar algo en concreto, se experimenta aquella sensación del niño que entra a la tienda de los bombones y no sabe cual escoger, se los quiere llevar todos. Pero si con una solo hay que quedarse, yo os recomendaría que leyeras con mucha atención el último capitulo titulado ”Dejadme ir con el Señor“ en la que Dziwisz nos deja entrar en aquella habitación del tercer piso de los Palacios Apostólicos a contemplar el momento que todos vivimos por la televisión o en oración en la Plaza de San Pedro. Desde fuera sólo vimos cómo a las 21:37 se encendieron todas las luces del apartamento del Papa, con ese sencillo gesto todos sabíamos que era el momento de la despedida. En silencio y en conmovedora contemplación podemos ver como aquel hombre que nos llevo de la mano hasta el tercer milenio se marchaba coronado de alegría a la casa del Padre.
Os recomiendo la lectura de este libro, sencillo, breve pero cargado de vivencias que nos ayudarán a comprender mejor a aquel hombre cuyo cuerpo descansa ahora, siempre acompañado por las oraciones de los peregrinos en una sencilla capilla de las grutas vaticanas, junto a San Pedro.
Para terminar os dejo otro trozo del libro para que os animéis a comprarlo y a leerlo.
”Yo estaba en la Plaza de San Pedro, cerca de la entrada de la basílica. Fue allí donde escuché al cardenal Pericle Felici anunciar el nombre del nuevo Papa. ¡Era mi obispo! ¡Mi obispo!“ (Pág. 64)
”Las puertas del cónclave se abrieron por fin y el ”mariscal“, el marqués Giulio Sacchetti, me acompañó al interior del Vaticano. El Santo Padre estaba ya cenando con todos los miembros del Sacro Colegio. Cuando entré, el cardenal camarlengo, Jean Villot, se alzó y, sonriendo, me presentó al nuevo Papa.
Fue en un encuentro muy sencillo, pero para mi, de una emoción extraordinaria. El me miraba fijamente, quizá quería adivinar cuáles eran mis sentimientos al verlo vestido así. No decía nada, y, sin embargo, sentía que me hablaba con su penetrante mirada me encontraba delante del pastor de la iglesia universal, del Papa; fue justo en ese instante cuando comprendí que ya no era más el cardenal Karol Wojtyla, sino Juan Pablo II, el sucesor de San Pedro“. (Pág. 65)